29, agosto, 2025

Buscaba amor, halló una vieja carta con una confesión e hizo lo impensado: No sé si la soledad es buena consejera

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María José ama la soledad, un espacio donde crea, lee, canta y baila. La adora tanto que a veces cree que es la culpable. En su vida solitaria por momentos siente que pone la vara demasiado alta y, más aun, siente que idealiza las cuestiones del amor. `No sé si la soledad es buena consejera´, le dijo poco tiempo atrás a una amiga, mientras paseaban por una aplicación de citas.

Varios años pasaron desde la última vez que formó pareja y últimamente tiene la sensación de que volver a encontrar un amor correspondido es por lo menos un milagro. No es que no haya ido tras la búsqueda del amor, pero nada la conmueve, nada funciona, y ella ya no sabe si se trata de que a los hombres de hoy ya no les interesa ir más allá de la superficie, o si el problema es ella, que no se atreve a abrir su corazón.

María José, amante de las actividades en solitario

Lo que sí sabe es que con dos copas de vino demás, y otro fin de semana donde la fantasía es irse a dormir con alguien de la mano, no fue una buena idea abrir ese bolso donde guarda sus cartas viejas.

Al sacarlo del armario, Majo observó que el bolso de adidas celeste tenía un agujero y el logo ya muy desgastado. El cierre, para su sorpresa, funcionaba perfecto. Hacía años que no metía mano por ahí, se preguntó por qué, y concluyó que tal vez sería porque allí duermen cientos de cartas escritas desde su adolescencia y tiene la sensación de que si las abre, es darle piedra libre a una interminable conversación con fantasmas.

“Y fue tal cual. Con los más de cuarenta años que tengo, repasar tus pensamientos de adolescencia y primera juventud es casi perturbador”, cuenta hoy Majo, convencida. “Me pasó como en las mudanzas, que uno empieza a elegir y guardar lo que se queda y lo que se va, y en ese proceso estás mil años sumergido en recuerdos del pasado. Así estuve yo, mirando por horas las cartas, la mayoría intercambios epistolares con amigas”.

El registro de una vida pasada.

Pero entre los fajos de cartas, también había muchas de amor, algunas con la tinta corrida, otras con el papel desgastado, a pesar de que sintió que no eran tan viejas: en su mayoría estaban escritas en los años 90. Las de amigas eran consecuencia de viajes de intercambio universitario, mudanzas a otra provincia e incluso cambios definitivos de país. Las románticas, en cambio, no respondían a la distancia, sino a la búsqueda de un lenguaje íntimo, que muchas veces tanto cuesta sostener en el cara a cara: “Encontré un manojo atado con una cinta violeta que contenía decenas de hojas escritas con la letra de un enamorado, sin sobre. De inmediato recordé a mi compañero de secundario, iba a otro curso y me dejaba las cartas a través de una amiga. Me las daba en sobres improvisados que después descartaba”, recuerda María José con una sonrisa.

Pero en ese bolso celeste había una más, la única de amor que sí había viajado por varios kilómetros; una carta de seis hojas escritas de los dos lados, una confesión a corazón abierto, líneas que despertaron un nuevo recuerdo.

Él era el amigo de su hermano, mayor que ella. Los padres de Majo solían abrir las puertas de su casa para todas las amistades, las propias y las de sus dos hijos. A Nicolás, su hermano lo había conocido jugando al fútbol y se hicieron inseparables. Después de los partidos de los viernes, venían a su casa y Nico se quedaba siempre para la cena. Y a los viernes se sumaron los sábados, los domingos, y los miércoles `para cortar la semana´. En vacaciones, la frecuencia era mayor, y cómo no, la casa de María José tenía el lujo de tener pileta.

Los años pasaron, Majo de pronto cumplió los dieciocho y su hermano se transformó en un chico universitario. Sus conversaciones maduraron, y ella fue integrada al grupo: “Varias veces salimos los tres, con Nico nos hicimos muy cómplices”, cuenta. Lo que María José jamás notó fue que la mirada de Nicolás hacia ella había cambiado.

Cierto día, ella decidió tomar un trabajo en el sur, en San Martín de los Andes. Envuelta por la adrenalina de lo nuevo, se despidió de su familia, aunque no de Nicolás, que justo por esos tiempos estaba de vacaciones.

Majo volvió a poner las cartas dentro del bolso, salvo por una, la que estaba fechada el 2 de febrero de 1998, decía `Hola Majo´, y `con amor, Nico´ al final. La leyó casi con vergüenza, recordando cómo había tomado esa carta entre sus manos y corrido hasta lo de la amiga, con la que compartía su aventura en el sur.

“Nunca me había gustado Nico”, cuenta hoy. “Nos llevábamos genial, sí, pero no me atraía. Me acuerdo que le mostré la carta a mi amiga muerta de risa, porque me parecía la cosa más cursi que había leído jamás”.

…Sé que estas palabras te puedan llegar a sorprender…

…Hace años te amo en secreto. Tu sonrisa es más linda que el arcoiris, tu pelo al sol ilumina mi vida…

…me encandila tu forma de hablar y de pensar…

…me duermo pensando en vos, me voy a dormir imaginando que te doy el cielo…

Y así, Majo leyó la carta que tenía más de dos décadas y sintió que nunca había leído antes esas palabras. De hecho, no las recordaba, tras compartirla con su amiga, la guardó en el sobre, algún otro día aterrizó en el bolso celeste y ni entonces ni jamás la volvió a agarrar: “Nunca le contesté”.

Tal vez, la soledad y dos copas demás no son buenas consejeras. Lo que sí sabe es que, como si se tratara de una revelación, siente que en Nico se le fue el amor de su vida.

Querido Nico,

Sé que esta respuesta llega un par de años tarde…

Una respuesta, casi 30 años más tarde.

María José se siente un poco ridícula por haber sacado una hoja y una lapicera de la mesita de luz. ¿Acaso alguien escribe todavía en forma manuscrita? Al ver las hojas de Nico, tan dedicadas y cargadas de amor, esparcidas a su costado, siente que es lo correcto. Sigue escribiendo y termina con una sonrisa.

María José no sabe si obtendrá la respuesta. “Veremos”.

*

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