Hubo una noche en la que los duendes del teatro y los fantasmas de la historia se dieron la mano. Y en el escenario aparecieron las reyertas del tiempo ardiente en que les tocó vivir, en la Argentina parturienta del siglo XIX. Una noche en la cual los descendientes de ellos, Juan Bautista Alberdi y Juan Manuel de Rosas, los hostiles cizañeros de aquel entonces, enemistados hasta las puertas del odio personal, presentes en la función, fueron premiados con respetuosos aplausos por los asistentes a la puesta del musical Alberdi, el musical, de Pablo Flores Torres, joven actor y cantante (34 años), figura estelar de su propia criatura, quien carga con más de dos horas en escena representando al gran arquitecto constitucional de la Argentina.
Esa velada tuvo lugar en el teatro Regina, a sala llena, un domingo de marzo con el otoño ya a la vista, y la muestra resultó un atractivo paseo por la historia del país de entonces y de sus protagonistas, que aún hoy se someten al cascoteo de la conversación pública, y sobre todo al debate político y las querellas ideológicas. El musical, como se anuncia desde el título, es un relato en el que hay héroes y villanos, buenos y malos.
Aún así, sería mezquino verla con una mirada interesada y viejos prejuicios, porque eso desmerecería su know how artístico. Se trata de una mirada de nuestra historia, contada con una cuidada reconstrucción de época, con vestuarios y fondos de pantalla testimoniales, inspirada, como sugiere un guiño en escena, en Hamilton: An American Musical, el gran éxito de Broadway en base a la biografía de Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de EE.UU., de quien en la vida real Alberdi tomó sus textos y pensamientos de El Federalista, para dar forma y contenido a nuestra Constitución madre de 1853.
Cómo es la obra
Alberdi…, en definitiva, es una historia recreada dos siglos después de los hechos, y como tal debe verse y disfrutarse por el talento y pujanza de los protagonistas, un elenco compuesto por 27 jóvenes, que simplemente actúan: son actores, bailarines y cantantes, lanzados a la aventura del teatro independiente, que se lucen en lo suyo. Y lo hacen muy bien: Lucas Córdoba, por ejemplo, representa a Sarmiento, Facundo Quiroga y Urquiza, en un notable desdoblamiento actoral. Como el de Lautaro Levata Russo en los roles de Miguel Cané y Bartolomé Mitre; Juan Bautista Bonora, asumido como Esteban Echeverría y Nicolás Avellaneda; Lean Ríos como Vicente López y Justo José de Urquiza.
También brillan Coqui Del Piano como Rosas; Julieta Molina como la “diabólica” Josefa Encarnación Ezcurra, su mujer, presentada como la jefa suprema de la Mazorca, temible centinela del Restaurador; Jazmín Lorenzo como Petrona Rosende, considerada la primera periodista argentina, mujer de tenaz espíritu crítico, pionera en su tiempo, y de permanente presencia en escena en otros desempeños; Malena Bruzzo como Mariquita Sánchez de Thompson, la intrigante tertuliana, tejedora de sutiles redes políticas; Abril Roitman como Manuelita Rosas. Todos forman parte del reparto de actuaciones parejas, que vuelve injusta las menciones faltantes.
Flores Torres, al frente del grupo, de entrada nomás zambulle a los espectadores en el corazón de la época, proyectada al futuro en forma de canción emblema del musical: “Seremos ejemplo de inspiración, seremos el himno de una nación, haremos historia, el mundo va a hablar de nosotros, seremos legado en cada acción de quienes fueron la revolución…”.
El guión muestra a Alberdi, nacido con la Patria el 29 de agosto de 1810 (por él es hoy el Día del Abogado), como “el hombre que cambió todo”, seguido por un recorrido de su vida, en el que van desfilando el Alberdi del legado, el mujeriego irredento, un seductor que encendió varios corazones femeninos; el abogado de pluma filosa; el músico (que Sarmiento descalificó como “afinador de pianos”); el pensador de la inteligencia deslumbrante que llegó desde su Tucumán natal hasta la Europa del iluminismo y las ideas revolucionarias, El hombre que suscitó la aprobación de algunos (sobre todo en la célebre Generación del 37, que tanto nos insistían en comprender ya desde las escuelas primarias de antaño) y supo inflamar la furia de otros, en particular de don Juan Manuel y su influyente esposa.
Se trata de un espectáculo creativo y llevadero, que combina música urbana con ritmos y sonidos tradicionales, donde no falta el sello del rap, que sorprende al mostrar a los próceres cruzarse con discursos en ese estilo. Y además posee una divertida audacia: hay varios gags de humor para entendidos, como el que muestra a Alberdi poniendo su brazo sobre el hombro de Bartolomé Mitre y dirigirse con complicidad al público, con sarcasmo: “Éste me va a cagar”. Tuvo razón: como presidente de la Nación unificada Bartolomé Mitre suspendería el pago de los honorarios de Alberdi como diplomático de la Confederación. Es historia pura.
Un dato final, que señala el derrumbe de cualquier grieta o disenso, el hombre en el que mueren todos los desencuentros, pasados y seguramente futuros, el prócer emblema de los argentinos: una salva de aplausos celebra la breve aparición en escena del San Martín que interpreta Gonzalo Cano. Un San Martín ya viejo que sugiere a Alberdi que vuelva al país. El mismo San Martín que testó su sable corvo a Rosas, aunque eso no se menciona en el musical. Alberdi regresó, pero en seguida se arrepintió. Los dos murieron en Francia. Alberdi en París, San Martín en Boulogne Sur Mer. Rosas murió en Southampton, Inglaterra. Ya se había reconciliado con Alberdi en Londres, como cuenta el musical. Los enemigos de ayer no quisieron partir con sus odios a cuestas. Conocieron el poder y murieron en la pobreza. Un legado de ambos.
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